domingo, 16 de enero de 2011

Juan Bautista Plaza (1898-1965)*

En 1935, se produjo un gran descubrimiento. En los sótanos de la Escuela de Música y Declamación (hoy «José Ángel Lamas»), fueron encontrados por el director de ese plantel, Ascanio Negretti, un «montón de papeles de música». Estos polvorientos papeles resultaron ser nada menos y nada más que los manuscritos de nuestros compositores coloniales: Lamas, Olivares, Caro de Boesi, Meserón, Carreño, Colón, entre otros «jóvenes» de la Escuela de Chacao.
Decimos que fue un gran descubrimiento, porque gracias a él se plantea la necesidad de tener que organizar seriamente un archivo de música venezolana, comenzando, por supuesto, por la colonial. El encargado de realizar tan odiseica labor fue el maestro Juan Bautista Plaza, quien había estudiado en la Pontificia Escuela Superior de Música Sagrada, en Roma, y era profesor (fundador) de la cátedra de Historia de la música, precisamente en la Escuela Nacional de Música de Caracas, donde se encontraron los manuscritos musicales.
     Plaza llenaba todos los requisitos necesarios para ejecutar tal labor. No solamente era un hombre estudioso, disciplinado, perseverante y tenaz, también se caracterizaba por un dinamismo envidiable, un carácter apasionado y «un temperamento excepcionalmente nervioso e inquieto», que contrastaba con su «apariencia seria, casi ascética». Todas estas características que forman parte de su compleja personalidad, las podemos observar en una carta dirigida a su hermano Carlos Guillermo (en 1934), donde enumera sus diversas actividades:

Toco órgano diariamente, dirijo, doy clases, compongo, trabajo en el Ministerio, escribo artículos, tengo a mi cargo una sociedad musical, soy examinador en francés en el Consejo de Instrucción, leo diariamente toda la prensa nacional y mucha extranjera (española, francesa, americana, argentina) y por último me la paso metido entre libros de todas clases, y en particular de historia y estética musical…1.

     A esto le podemos añadir lo que no dijo, como organizar conferencias dentro y fuera del país, preparar ciclos de conciertos (él mismo elaboraba el texto de los programas de mano), y programas de radio (hacia 1939). Podemos decir, sin ninguna exageración, que era un músico «a tiempo completo» (entiéndase veinticuatro horas).
     Si hemos incluido el currículum del maestro Juan Bautista Plaza es para destacar que merecía el trabajoso honor de recopilar, transcribir, ordenar y clasificar la música colonial. Lo mismo pensó su antiguo profesor de Derecho, el Dr. Gil Borges, quien fue nombrado canciller durante el mandato del general López Contreras. Plaza, muy entusiasmado, le contó a Borges sobre el gran hallazgo, y éste se lo comunicó al ministro de Educación, quien, inmediatamente, le dio el cargo de «organizar, copiar y conservar el archivo histórico de música venezolana»2, y lo colocó al frente de la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación, desde el 12 de agosto de 1936 hasta el 18 de octubre de 1944 (en 1943, Plaza quiere renunciar al cargo, pero no se lo aceptan, al contrario, se lo prorrogan hasta 1946)3.
     El minucioso trabajo del maestro fue detallado (en 1939) por el musicólogo uruguayo Francisco Curt Lange, considerado por los estudiosos como el «patriarca de la musicología latinoamericana»:

Con el descubrimiento de los documentos, comienza para la historia de la música venezolana un capítulo que merece una especial atención. Plaza, por vocación y por deber altamente patriótico, se interna diariamente dos horas o más, en ese montón confuso de papeles amarillentos. Es una labor (…) de extrema paciencia; aparta primero las voces, partiendo desde las claves y penetra lentamente en los detalles de la caligrafía y la estilística. Hombre acostumbrado por su labor de maestro de capilla y su estudio del canto gregoriano, se apasiona ante el hallazgo y reconstruye, mediante la transcripción; junta pedazo por pedazo las particellas que fueron escritas por manos mil, por un «hermano humilde» o aficionado, que al concluir rubrica su labor con una especie de hondo alivio; pone en notación moderna el bajo cifrado; más tarde, se alegra al ver hasta que punto acertó en la interpretación de un espíritu que flota con esos papeles viejos y que solamente sienten los que poseen efectivamente un gran amor hacia el pasado, un sentido exacto de la responsabilidad y una exacta valoración de su propio saber (…) Para el hombre que está acostumbrado a la labor investigadora, resalta a primera vista el sentido de organización de Plaza4.

     Plaza siempre asumió la responsabilidad de ejecutar semejante empresa. A los cinco meses de trabajo dice:

Esta tiene que ser una labor de muchos años. Es una obra de gran paciencia en cuya realización me prometo emplear lo mejor de mi tiempo. Ojalá pueda algún día llevarla a término feliz… En los cinco meses que llevo trabajando aquí —yo solo— apenas si he podido hacer una primera clasificación, muy rudimentaria, de esta multitud de papeles sueltos, los cuales se hallaban amontonados en el más espantoso desorden. También he comenzado a transcribir en partitura algunas obras, entre otras la Sinfonía de Meserón, la que solamente se ha llevado más de ochenta páginas (…) Espero que con el tiempo lograré el triple objetivo que me propongo: editar lo más sobresaliente de nuestros antiguos compositores; dar a conocer sus obras mediante audiciones periódicas que podrían ser como grandes festivales de música venezolana; y escribir una obra crítico-histórica sobre la música venezolana del pasado5.

     En 1940 no ya estaba trabajando tan solo como lo expresa en la entrevista; lo ayudan el maestro Antonio Estévez (su discípulo) y Manuel Ramos. Otra ayuda que recibe es del ya mencionado musicólogo uruguayo Curt Lange. Hacia 1944 el Instituto Interamericano de Musicología (en Montevideo) y el Ministerio de Educación (en Venezuela) publican doce de las 327 piezas (no todas sobre la música colonial) encontradas. Éstas son: Pésame a la Virgen y Salve Regina, de Juan José Landaeta; Tres lecciones para el oficio de difuntos y Popule Meus, de José Ángel Lamas; In Monte Oliveti y Tristis est, de Cayetano Carreño; Salve Regina, de Juan Manuel Olivares (con reconstrucción, en algunas partes, hecha por Plaza); Christus factus est, de Caro de Boesi; Llorad, mortales (pésame a la Virgen), de Pedro Nolasco Colón; Niño mío (tono de Navidad) y Tercera lección de difuntos, de José Francisco Velásquez6.
     Hay otras piezas que no fueron publicadas en esa histórica colección, pero fueron difundidas por el maestro Plaza en conciertos o en conferencias nacionales e internacionales.
     Con estos dos artículos (el anterior titulado «La pasión pedagógica») hemos tratado de rendir un homenaje al Maestro de Maestros. Sólo han sido unas breves pinceladas, porque, primero, como lo dijimos en el artículo anterior, es difícil atrapar una vida como la suya en tan pocas cuartillas y, segundo, porque esta vida ya ha sido atrapada en un hermoso y muy bien documentado libro de Miguel Castillo Didier, titulado Juan Bautista Plaza. Una vida por la música y por Venezuela7. La Sra. Nolita Pietersz de Plaza, esposa del maestro, en la presentación del libro comenta:

¡Cuán difícil resulta penetrar en los recónditos secretos del ser humano! ¡Y más aun (sic) interpretar sus actos!// Pero, ¡he aquí que el milagro se ha realizado!// Ya, Juan Bautista Plaza no permanece solamente, en los estantes de sus recuerdos, en las cajas de sus partituras, en los armoniosos sonidos de su música. Su vida de amor, de dolor, de frustraciones y de triunfos, ha quedado plasmada en las páginas de este libro, como ejemplo para las generaciones presentes y futuras»8 (las negritas son del original).

     Bien decía Rilke que «el artista es la eternidad que penetra en el tiempo».

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* Este artículo fue publicado en mi columna «Fusas… …pero… no difusas», en El Nacional, el jueves 19 de marzo de 1992 (Arte C/17). Hay algunas modificaciones, e incluyo estas notas al pie de página, colocando las referencias.
1 Miguel Castillo Didier (1985). Juan Bautista Plaza. Una vida por la música y por Venezuela (ensayo de biografía documental). Caracas: CONAC/Instituto Latinoamericano de Investigaciones y Estudios Musicales Vicente Emilio Sojo: 232.
2 Ibídem, 267 y 268.
3 Ibíd., 267-268.
4 Ibíd., 271-272.
 5 Ibíd., 271.  Estas palabras las expresa el maestro Plaza en 1937. Y Castillo Didier toma la cita del artículo de Adolfo Savi. «Hablando con Juan Bautista Plaza». La Esfera, 15/1/1937.
6 Ibíd., 274.
7 Miguel Castillo Didier (1985). Juan Bautista Plaza. Una vida por la música y por Venezuela (ensayo de biografía documental). Caracas: CONAC/Instituto Latinoamericano de Investigaciones y Estudios Musicales Vicente Emilio Sojo.
8 Ibídem, «Presentación», 15

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